Estamos hechos a imagen de Dios
Todo lo que hay en la creación tiene su propia belleza y su propia forma de dar gloria a Dios. Esto debería hacernos pensar dos veces en el tiempo que perdemos envidiándonos unos a otros. Si me doy cuenta de que siento envidia, sé que he perdido de vista la gloriosa esencia de quién soy, tal y como Dios me ha creado. ¿Quién se supone que debes ser? Es obvio: ¡se supone que debes ser tú mismo!
Creados a imagen y semejanza de Dios, nuestro verdadero yo está oculto en Cristo, el Nuevo Adán. El Hijo único de Dios vino para mostrarnos quiénes somos y para ayudarnos a ser plenamente nosotros mismos. Puede que suene raro, pero nunca seremos nosotros mismos de verdad hasta que nos encontremos con Jesucristo, el Hijo de Dios, y lleguemos a conocerlo y amarlo como el mayor regalo del Padre a la creación. Es a través de Jesús que nos liberamos para ser quienes estamos destinados a ser.
Al principio de su camino, San Francisco rezaba: «¿Quién eres tú, Señor, y quién soy yo?». Francisco llegó a darse cuenta de que, cuanto más se nos revela Dios, más llegamos a saber quiénes somos realmente, quiénes estamos destinados a ser. Nuestro verdadero yo está escondido en Cristo, esperándonos (Colosenses 3:1-11). No nos convertimos en quienes debemos ser a través de la envidia y la competencia. Nos vamos sintiendo cada vez más a gusto con nuestro verdadero yo cuando empezamos a darnos cuenta de que se nos ama incondicionalmente tal y como somos.
Liam Kelly OFM, «The Sacred Heart Messenger», octubre de 2024